CRÍTICA A LAS GUÍAS Y RECOMENDACIONES PARA UN USO NO SEXISTA DE LA LENGUA DESDE LAS CIENCIAS DEL LENGUAJE

 

1. El debate sobre sexismo y lenguaje: estudios, guías y recomendaciones (EGyR).

 

1.1. Sexismo y lenguaje (orden cronológico)

Recogemos en este apartado una muestra de  algunos de los análisis más representativos realizados por instituciones y personas sobre lenguaje y sexismo en los cuales se recogen las posiciones más extendidas.

Álvaro García Meseguer. Este autor, en su primer libro “Lenguaje y discriminación sexual” (1977), analiza las relaciones entre sexismo y lengua. Señala aspectos semánticos que atañen a la lexicografía, a refranes, frases hechas, connotaciones peyorativas para la mujer y no para el varón (los duales aparentes). Asimismo,  aborda la gramática y afirma que, a pesar de que la identificación género gramatical / sexo  es incorrecta, el doble carácter del género gramatical masculino muestra una peligrosa ambigüedad. Y conceptualiza un fenómeno sexista, el salto semántico, que describe como un cambio de significado entre los dos valores del género gramatical masculino.

CCEC. Comunidad Valenciana. La lengua refleja la sociedad que la habla (...) el predominio de lo masculino en la sociedad determina el uso predominante del masculino en la lengua (...) La lengua condiciona y limita la manera de pensar, la imaginación y el desarrollo sociocultural. La discriminación consiste en el uso del género masculino como genérico referencial para los dos sexos (...) De esta regla gramatical se derivan una serie de rasgos lingüísticos que refuerzan el predominio del género masculino sobre el femenino. (...) Esta característica lingüística ha logrado borrar la presencia de las mujeres de la mayoría de los textos. “Recomendaciones para un uso no sexista de la lengua” (1987).

UNESCO. La utilización del masculino con valor genérico es mucho más frecuente en plural que en singular. Lo mismo que en otros idiomas románicos, en español los plurales masculinos de los nombres apelativos de persona se aplican a hombres y mujeres conjuntamente, cualquiera que sea el número de ellos y de ellas.(...) Así, los niños comprenden las niñas, los profesores comprenden las profesoras, los alumnos comprenden las alumnas, etc. En una oración como « En la escuela hay 15 profesores y 100 alumnos », podemos pensar que el profesorado esta compuesto exclusivamente de personas del sexo masculino, o de ambos sexos, y que el centro docente es una escuela masculina, o mixta. (...). En estos casos, proponemos que se utilicen otras fórmulas tales como « los profesores y las profesoras », o bien nombres colectivos como «el profesorado», « el personal docente » ; en el caso de «alumnos », «los alumnos y las alumnas», o bien «el alumnado ». Lo mismo cabe decir de otros plurales masculinos utilizados como genéricos para designar grupos de personas: en vez de «los ancianos», pueden utilizarse fórmulas tales como «los ancianos y las ancianas», o «las personas de edad », o « la vejez » ; en vez de «los jóvenes», «los jóvenes y las jóvenes», o «la juventud», o «la adolescencia », etc. “Recomendaciones para un uso no sexista del lenguaje”, 1991

Carmen Alario (Filología) Mercedes Bengoechea (Filología) Eulalia Lledó (Filología) Ana Vargas (Historia). La utilización del masculino, ya sea en singular para referirse a una mujer, o en plural para denominar a un grupo de mujeres o a un grupo mixto, es sin lugar a duda, un hábito que, en el mejor de los caso esconde a las mujeres y, en el peor, las excluye del proceso de representación simbólica que pone en funcionamiento la lengua. (...) La utilización del masculino para referirse a los dos sexos no consigue representarlos. Este uso, como constatamos continuamente produce ambigüedades y confusiones en los mensajes y oculta o excluye a las mujeres. Se basa en un sujeto androcéntrico que considera  a los hombres como sujetos de referencia y a las mujeres seres dependientes o que viven en función de ellos. No es una repetición nombrar en masculino y en femenino cuando se representa a grupos mixtos. No duplicamos el lenguaje por el hecho de decir niños y niñas, padres y madres, puesto que duplicar es hacer una copia igual a otra y este no es el caso. Decir el ciudadano y la ciudadana o la ciudadana y el ciudadano, no es una repetición. Como no es repetir decir amarillo, negro, azul, verde. Cuando decimos los colores nos estamos refiriendo a todos ellos, de la misma manera que cuando decimos la ciudadanía estamos nombrando al conjunto de los hombres y las mujeres.  Una palabra no puede significar un algo o un todo que es diferente a lo que se nombra, y mujeres y hombres son diferentes. (...) Lo mismo ocurre con el rojo y el azul, ambos son colores pero son diferentes y el uno no incluye ni representa al otro. NOMBRA, “La representación del femenino y el masculino en el lenguaje” (1995).

Mª Ángeles Calero Fernández. Las lenguas son sistemas de comunicación creados por los seres humanos a su imagen y semejanza; por ello, en las sociedades en las que se establece una diferencia social entre los sexos, existen divergencias estructurales y de uso entre la manera de hablar de las mujeres y la de los varones (...) En ello consiste el sexismo lingüístico, en un diverso tratamiento que, a través de la lengua, hacemos del individuo en función de los genitales con los que ha nacido. En las sociedades patriarcales, los sistemas lingüísticos presentan una marcada óptica masculina, es lo que se llama androcentrismo. “Sexismo Lingüístico: Análisis y Propuesta ante la Discriminación Sexual en el Lenguaje” (1999).

Parlamento Europeo. La finalidad del lenguaje no sexista o lenguaje neutral en cuanto al género es evitar opciones léxicas que puedan interpretarse como sesgadas, discriminatorias o degradantes al implicar que uno de los sexos es superior al otro, ya que en la mayoría de los contextos el sexo de las personas es, o debe ser, irrelevante. La convención gramatical en la mayoría de las lenguas europeas es que, para los grupos que combinan ambos sexos, el género masculino se usa como «inclusivo» o «genérico», mientras que el femenino es «exclusivo», es decir, que se refiere solamente a las mujeres. La utilización genérica o neutral del género masculino se percibe cada vez más como una discriminación contra las mujeres.(...)

No obstante, el uso del masculino genérico puede producir ambigüedades y confusiones que pueden dar lugar a una falta de visibilidad de las mujeres en el discurso, por lo que conviene recurrir a técnicas de redacción que permitan hacer referencia a las personas sin especificar su sexo. (...) La utilización de los dos géneros gramaticales o desdoblamiento («los ciudadanos y las ciudadanas de la Unión Europea») puede evitar la ambigüedad del uso del masculino genérico, si bien conviene recordar que lo que puede constituir un recurso admisible en el lenguaje oral no siempre resulta apropiado en documentos de carácter formal. “Informe sobre el lenguaje no sexista en el parlamento europeo” (2008)

CSIC (Centro Superior de Investigaciones Científicas). Se entiende por lenguaje sexista, no incluyente o no integrador el uso exclusivo de uno de los dos géneros (habitualmente el masculino) para referirse a ambos, excluyendo al otro. Se suele justificar la utilización del masculino diciendo que es genérico y abarca ambos géneros, así como por el principio de “economía lingüística” y por razones de estilo, pues se suele relacionar un lenguaje no sexista con las dobles formas (por ej. ciudadanas y ciudadanos), pero eso es un tópico falso. Hay que recordar, ante quienes niegan la importancia de usar un lenguaje no sexista, que diversas teorías mantienen que el lenguaje utilizado modela comportamientos y conductas personales y colectivas,  porque son la base de nuestro imaginario personal y colectivo. (...) Para no excluir a nadie, a veces es inevitable el uso de dobles formas debido a la inexistencia o imposibilidad estilística de usar genéricos: los trabajadores y las trabajadoras. “Recomendaciones para la utilización  de lenguaje no sexista” (2010).

Eulalia Lledó Cunill. Uno de los fenómenos más graves (por su extensión) de discriminación y subordinación lingüística radica en un aspecto gramatical que articula tanto el castellano como otras muchas lenguas y que consiste en el uso del género masculino como neutro, como genérico. Es decir, utilizándolo como si abarcara masculino y femenino. Esta regla, que como el resto de reglas gramaticales, no es de orden natural, eterno e inmutable, sino un claro reflejo de la visión androcéntrica del mundo y de la lengua, habitualmente se transmite en cualquier tipo de textos o documento, normalizando uno de los ejes vertebradores del androcentrismo más claros, constantes y habituales en la lengua: el que refuerza la presencia del género/sexo masculino y causa la desaparición del género/sexo femenino. “Nombrar a las mujeres, describir la realidad: la plenitud del discurso” (2016).

 

1.2 Recomendaciones que se derivan de este análisis:

- Evitar el uso del género gramatical masculino para referirse a las mujeres o a los colectivos mixtos para los que se recomienda usar términos "neutros" como humanidad, gente, persona, infancia, profesorado, alumnado, etc.

- Duplicar todo genérico en masculino y femenino como por ejemplo, hombres y mujeres, alumnos y alumnas, padres y madres, profesores y profesoras, etc. De este modo, se consigue la igualdad entre lo femenino y lo masculino. El reconocimiento social de la mujer solo es posible cuando la lengua la nombra como colectivo diferenciado, es lo que se denomina lenguaje inclusivo.

- Distinguir morfológicamente todos los apelativos según se refieran a un sexo o a otro. Si no, hay que inventarlos: médico/médica, juez/jueza, alcalde/alcaldesa, fiscal/fiscala, afazata/azafato, líder/lideresa, etc.

1.3. Síntesis.

Tanto estudiosos como instituciones abordan las relaciones entre sexismo y lenguaje desde aspectos diversos. Estos son los recurrentes: semánticos, tanto los que atañen a lo que se dice en la comunicación habitual, como a los mensajes que han cristalizado en la lengua; gramaticales, referidos fundamentalmente al género gramatical y a la morfología; a las relaciones entre lenguaje pensamiento y realidad; cognitivos en cuanto a la comprensión de lo que se lee o escucha; y a las relaciones entre el género gramatical y el pensamiento androcéntrico.

El análisis de los EGyR, sitúan la causa del sexismo lingüístico y del pensamiento androcéntrico en el género gramatical y en el léxico. Aquí un resumen de lo que se dice en el orden en que aparece en los textos:

- El sexismo ha cristalizado en los significados: diccionarios, frases hechas, refranes, acepciones peyorativas etc.

- El género gramatical masculino por su doble valor de marcado (específico) y no marcado (genérico o inclusivo) no es simétrico al género gramatical femenino y,  por lo tanto, es sexista.

- Su uso produce ambigüedad y confusión, refuerza el predominio de lo masculino, es causa del  androcentrismo y excluye la presencia de las mujeres. Así, frases como ‘En la escuela hay 15 profesores y 100 alumnos’ (UNESCO, 1991) o ‘Todos los hombres son mortales’ (Lledó 1992)  son sexistas  porque al no nombrar de manera explícita a las mujeres las oculta.

- El morfema flexivo de la mayoría de profesiones, cargos y otros apelativos como juez, estudiante, joven o concejal (UNESCO, 1991) es masculino. En consecuencia, hay una ausencia de vocablos en femenino para designar a mujeres en el espacio público.

- La categoría de género gramatical está motivada por la diferencia sexual, por el patriarcado, a la vez,  que condiciona y limita la manera de pensar de los hablantes, produce el pensamiento androcéntrico, modela comportamientos (LLedó 1992). La lengua refleja la sociedad que la habla (CCEC CV 1987).

En resumen, estos aspectos gramaticales refuerzan el predominio del género/sexo masculino sobre el femenino y, de este modo, se ha logrado borrar la presencia de las mujeres de la mayoría de los textos.

En lo que concierne al concepto de igualdad, que no explicitan, ni explican, véase el documento Crítica a las Recomendaciones para un uso no sexista de la lengua desde el marco teórico del feminismo de la igualdad.

 

2. Errores, incoherencias y contradicciones

Estos análisis y las consecuentes recomendaciones, aunque no compartidas por toda la comunidad académica y hablantes, se han insertado con tal fuerza en usos y costumbres que han producido debates (Bosque 2012) en los que ha predominado más la incomunicación que el rigor.

En las posiciones mas de unos que de otros constatamos la ausencia de un marco epistémico y hermenéutico explícito lo que impide la comunicación y que los argumentos en vez de examinarse con rigor se excluyan. Esta ausencia de rigor produce errores e incoherencias y muestra contradicciones. Entre ellas explicitar qué se estudia  - el objeto de investigación-, con qué instrumentos de análisis, qué se entiende por sexismo lingüístico.

Nuestra investigación concreta el objeto de estudio en el uso que los hablantes hacen del lenguaje, entiende que el sexismo lingüístico consiste en un uso incorrecto de la lengua que produce desigualdad. Por lo que los saberes en que nos fundamentamos y que usamos como instrumento de análisis son la Teoría Crítica del Feminismo (analiza el sexismo) y las Ciencias del Lenguaje que estudian el uso que del mismo hacen los hablantes: la gramática del texto, el análisis del discurso y la pragmática. Véase Fundamentación de esta investigación.

Presentamos, a continuación, una crítica del debate sobre sexismo y lenguaje de estudios, guías y recomendaciones (véase punto 1 de este documento) organizado en dos partes: la primera sobre el objeto de estudio, qué se entiende por sexismo lingüístico y los instrumentos de análisis, conceptos que desde la epistemología están vinculados. La investigación sobre este tema exige definir qué se entiende por un uso sexista del lenguaje, en consecuencia acotar el objeto de estudio y, para su análisis fundamentarse en las disciplinas relacionadas con todo ello. Desde esta perspectiva veamos qué dicen los EGyR.

 

2.1. Indefinición de qué es sexismo lingüístico

En la raíz de las incoherencias está la mezcla de aspectos que se estudian bajo la denominación de sexismo lingüístico: la gramática, la lexicografía, la paremiología, la semántica, el pensamiento androcéntrico, la filosofía del lenguaje (relaciones pensamiento, lengua y realidad) etc. etc.. A pesar de que todos ellos plantean una relación entre la lengua y la discriminación por razón de sexo, no se pueden incluir bajo el mismo concepto de sexismo lingüístico. Veamos las razones. En primer lugar, es necesario diferenciar dos cuestiones, una atañe a la lengua, es decir, cómo se dice; la otra, concierne al mundo representado por la lengua, hecho que no pertenece estrictamente al lenguaje verbal, puesto que la realidad, en el caso que nos ocupa, puede ser representada por otros lenguajes. Consideramos esta distinción necesaria pues refiere dos planos distintos.

- El qué se dice está vinculado a la realidad sexista, cuyo soporte, en el caso que nos ocupa es lo verbal, pero podría ser representada por otros lenguajes. Por ejemplo,  refranes como “La mujer que no es hacendosa o puta o golosa” o “La mujer con la pata quebrada y en casa”, la discriminación consiste en atribuirle a la mujer su posición en la sociedad: o es  una  buena ama de casa, lugar donde debe permanecer, o solo le queda dedicarse a la prostitución. O palabras con una acepción peyorativa (sin dual para los varones) como zorro – zorra, ¿Eliminando la acepción peyorativa del diccionario –zorra igual a prostituta-  acabaríamos con la prostitución? ¿Cambiaríamos esta situación cambiando el lenguaje? No. De lo que se trata es de denunciar los estereotipos y roles, de cambiar el orden social.

El qué se dice hace referencia al mensaje, a lo sémico, es decir, a la función representativa del lenguaje. Estos usos pertenecen a la misma esfera de ideas que afirmar “Las alumnas no tienen aptitudes para las matemáticas mientras que los alumnos varones sí”. Lo que se enuncia es un mensaje sexista. Estos mensajes no son sexismo lingüístico, sino social. Los mismos mensajes podemos verlos representados por un lenguaje visual, por ejemplo. La crítica del sexismo social conlleva la eliminación de los prejuicios y el cambio de la estructura patriarcal. La eliminación de estos mensajes del lenguaje no acabaría con la discriminación por razón de sexo.

- El cómo se dice está vinculado a la lengua, a cómo se expresan los hablantes. Dicho de otro modo un uso verbal que provoca sexismo. En el cómo se dice los EGyR  vinculan el sexismo lingüístico, al  uso del género gramatical masculino. Y proponen, en consecuencia, cambios  en el uso de la lengua que conciernen a dicha categoría gramatical.

En efecto, consideramos que el sexismo lingüístico es un mal uso de la lengua en el que incurren los hablantes por lo que, si hablamos de uso, hay que identificarlo en el discurso. Por lo tanto, constituye una inadecuada organización discursiva, una vulneración de los factores constitutivos del acto comunicativo. Se produce cuando la selección de los elementos textuales viola la coherencia y la cohesión, globalmente o en alguno de sus aspectos y el texto no es adecuado a la situación comunicativa (Catalá Gonzálvez y García Pascual 1993)

Aquí dos ejemplos que lo ilustran:

- “La selección de baloncesto española ha cosechado grandes éxitos” dice el titular de una noticia. Este enunciado es incorrecto porque no cumple la propiedad de coherencia al no referir de manera pertinente el referente de la situación comunicativa. La selección de baloncesto no es mixta por lo tanto debería añadir un adjetivo que restrinja la extensión del significado de “selección de baloncesto”. El adjetivo es “masculina”. Hay una ausencia de adjetivos especificativos para varones. Debería enunciarse así “La selección de baloncesto masculina ha cosechado grandes éxitos”.

- En cambio, cuando se refiere a mujeres leemos “La natación femenina en España está cosechando medallas”. El enunciado de la noticia es correcto. Otra cosa es el contenido, es decir, si los equipos deportivos deberían ser mixtos. Estas informaciones no contienen sexismo social pero sí lingüístico.

Se podría aducir que tanto en un caso como en otro la comunicación funciona, hecho que es cierto porque en el conocimiento del mudo de los hablantes está la idea de que las competiciones deportivas de baloncesto son masculinas y no femeninas.

El uso de no marcar a los varones refuerza ese conocimiento del mundo actúa en detrimento de la mujer al considerarla una excepción, lo otro; y a favor de la posición de sujeto universal del varón en el uso de ‘Selección de baloncesto’ en la que masculino y selección se solapan como lo humano.

(Véase Fenómenos lingüísticos sexistas)

 

2.2. Reducción del objeto de estudio: del uso a la frase.

La conceptualización de sexismo lingüístico como un uso incorrecto de la lengua que realizan los hablantes nos conduce a delimitar el objeto de estudio.

 

Estamos de acuerdo con los EGyR cuando identifican el sexismo lingüístico en enunciados de documentos administrativos, libros de texto, prensa etc. o sea,  en el uso que los hablantes hacen de la lengua, en la comunicación.

No obstante, las GyR cuando analizan este objeto de estudio lo reducen, por una parte, eliminan los elementos del contexto (quién es el enunciador, a quién se dirige, en qué esfera social se produce el acto comunicativo, qué género textual etc,,  es decir, los enunciados se descontextualizan); y, por otra, aíslan aquellas frases del texto que consideran sexistas y para su análisis no tienen en cuenta el resto del texto ni sus relaciones de coherencia y de cohesión con el enunciado objeto de análisis. Y lo que era un acto comunicativo (un texto producido en un contexto determinado) se convierte en una cláusula oracional.

Veamos en el apartado siguiente un ejemplo de cómo se simplifica el objeto de estudio y en consecuencia el uso de instrumentos de análisis no adecuados.

 

2.3. No pertinencia de los instrumentos de análisis.

Pongamos un ejemplo, el Instituto de la Mujer, de Andalucía en su “Manual para un lenguaje administrativo no sexista” usa, entre otros, este enunciado para explicar el sexismo lingüístico “En relación con los requisitos exigidos para acceder a plazas de Profesores no Asociados, la firma del contrato se condiciona a la autorización de la compatibilidad” (Resolución de la Universidad de Málaga, por la que se convoca concurso público de méritos para la adjudicación de plazas de Ayudantes y Profesorado no Asociado, publicada en el BOJA del 26 de abril de 2005)

Y este es el análisis que se efectúa: “los documentos abiertos, (….) son aquellos de los que no se conoce la persona destinataria o aquella que intervendrá en el procedimiento administrativo. En consecuencia, no es posible conocer con antelación el sexo de dicho individuo”. Ponen la causa en el uso del género gramatical masculino y proponen duplicar la palabra profesores / profesoras. Y la identificación del referente del término ‘profesores asociados’ se obtiene analizándolo con la explicación que da la gramática oracional, a saber, el género gramatical de términos referidos a personas puede señalar sexo.

El análisis de esta Guía ha omitido el contexto comunicativo, ha reducido un texto a una frase y entiende que género gramatical y sexo mantienen una relación biunívoca independientemente del co-texto y el contexto.

¿Cuál es su análisis desde las ciencias del uso de la lengua? Tal enunciado “Profesores no Asociados” se inserta en un texto y un contexto comunicativo y es ahí donde se debe encontrar el sexo del referente. Su análisis requiere estas variables:

  • lugar y momento: España, una democracia vigente en 2005;

  • ámbito de uso: jurídico;

  • género textual: una Resolución;

  • enunciador: la Universidad de Málaga;

  • Destinatario o lector modelo: aquellas personas con el título de profesor, los requisitos exigidos y que estén interesadas en presentarse al concurso de méritos.

¿En este contexto puede el masculino ‘Profesores’ inducir a confusión de quién es su referente y cuál su significado? En una democracia, una institución pública, no puede publicar la resolución de una convocatoria restringida solo a varones. El uso de ‘profesores asociados’ es claramente genérico. Esta idea forma parte del conocimiento del mundo, compartido por los interlocutores que  les permite interpretar el mensaje. Una oración tiene ‘significado abstracto’, solo cuando se integra en un contexto se concreta el significado mediante la identificación de los referentes, la deixis etc. (Bernárdez 1995).

El dictamen de enunciado sexista se ha realizado teniendo en cuenta una única variable: el género gramatical. La solución propuesta induce a reforzar que los dos valores del género gramatical masculino son el mismo, el específico, lo que redunda en la ambigüedad y a favor de la ocultación de los varones tras un sujeto universal.

Resumiendo:

a) Una vez reducido el objeto de estudio – el uso de la lengua convertido en una frase- se usa para el análisis la gramática oracional: fonología, morfología y sintaxis,  que estudia la forma y clase de palabras y la correcta combinación de los elementos de la oración.  Así lo afirma la RAE “La gramática es, pues, una disciplina combinatoria, centrada, fundamentalmente, en la constitución interna de los mensajes y en el sistema que permite crearlos e interpretarlos.  No son partes de la gramática la semántica, que se ocupa de todo tipo de significados lingüísticos (no solo de los que corresponden a las expresiones sintácticas), ni la pragmática, que analiza el uso que hacen los hablantes de los recursos idiomáticos” ( 2010 NGLE pág. 3). 

He aquí las dos ideas principales. Una, la gramática oracional no se ocupa de la semántica (El significado      oracional está gobernado por reglas y solo admite explicaciones formales). Y la segunda, tampoco le concierne el uso que hacen los hablantes de la lengua, la pragmática.

b) Desde los supuestos epistémicos de la gramática oracional es evidente que no se puede identificar el referente  de un término ni  el sujeto de un discurso, ni su significado pragmático, elementos necesarios si queremos saber de quién se habla y a quién se oculta.

c) Si el objeto de estudio es el uso de la lengua, los instrumentos de análisis pertenecen a la gramática del texto, el análisis del discurso y la pragmática.

Un objeto de estudio complejo se simplifica. En esa simplificación radica  el error básico de todo el análisis. “La distinción simple / complejo no es, por tanto, sino una manifestación de otra diferencia: la existente entre lo artificial y lo natural (…) El texto es un objeto complejo precisamente porque es natural” (pág. 67). “El estudio del texto, definido como ‘objeto lingüístico complejo’, no podrá ser  nunca completo (…) si lo entendemos como agrupación de oraciones unidas entre sí por relaciones simples” (Bernárdez 1995)

En resumen, es un análisis reduccionista en cuanto al objeto de estudio. En consecuencia, al ‘desnaturalizarlo’ se usa un instrumento de análisis no pertinente.

 

2.4. Inadecuada relación lengua, pensamiento y realidad.

Esta concepción de la lengua como ‘objeto lingüístico simple’ conduce a las afirmación de la relación entre lengua, pensamiento y realidad.

Las afirmaciones sobre la lengua que hemos criticado en los apartados anteriores derivan de dos teorías hoy insostenibles: el isomorfismo y el relativismo lingüístico. Ambas comparten la concepción de la lengua como sistema lingüístico pero mientras que la primera pone el énfasis en la función representativa, la segunda lo hace en la interpretativa.  Cuando se dice que la lengua refleja la sociedad que la habla, que la categoría gramatical de género es un reflejo de la división de los sexos y del dominio de lo masculino sobre lo femenino, se defiende un isomorfismo entre las estructuras de la realidad y las estructuras lingüísticas como la teoría del lenguaje retrato de Witgenstein (Tractatus, 1973). Por otro lado, al decir que la lengua condiciona el pensamiento y modela comportamientos, se basan en el relativismo lingüístico de Sapir y Whorf que afirma que gramáticas diferentes determinan visiones del mundo diferentes (Whorf, 1956). ¿Son las estructuras lingüísticas reflejo de la realidad o condicionantes de la forma de pensar y percibir la realidad? En el primer caso, las lenguas de comunidades en las que se construyen los géneros sociales sobre la diferencia sexual tendrían la categoría gramatical de género, lo que no sucede. En el segundo caso, las lenguas con género gramatical tendrían hablantes más sexistas, lo que implicaría que hay lenguas más sexistas que otras, o sea, lenguas mejores y peores, prejuicio sociolingüístico.

Emile Benveniste (1974) ya advirtió que es imposible conciliar dos puntos de vista, estructura de la lengua y estructura de la sociedad: “Debería pues concluirse que lengua y sociedad no son isomorfas, que su estructura no coincide, que sus variaciones son independientes” (pág. 96).

Si la causa del sexismo en el lenguaje radica en esa característica del género gramatical, es decir, en la forma en como está estructurado el lenguaje estaríamos ante un determinismo: la estructura determina el uso, el pensamiento y limita la imaginación como afirman algunos EGyR. Teoría insostenible desde las Ciencias del lenguaje.

2.5. Identificación género gramatical /sexo del referente

El análisis del género gramatical que realizan los estudios citados parte de una teoría carente de base científica, la Identificación género gramatical con el sexo del referente. La conceptualizó la primera gramática de la RAE: “Nuestra lengua sólo conoce dos géneros en los nombres, el uno masculino y el otro femenino. El primero conviene a los hombres, y animales machos; y el segundo a las mujeres y animales hembras” (RAE 1771). Idea que ya no mantiene ninguna gramática pues en la definición del género gramatical se atienen más a criterios sintácticos (Esbozo, Alcina y Blecua, NGLE etc.) que a la relación de este accidente gramatical con la realidad extralingüística. Los EGyR obvian el análisis del  funcionamiento del género gramatical en  el uso de la lengua: su papel en la cohesión entre enunciados y la relación de un término en género gramatical masculino con la realidad extralingüística (a este respecto véase el  el género gramatical).

En esta identificación género gramatical con el sexo del referente subyacen teorías insostenibles desde las ciencias del lenguaje.

Se considera la comunicación como un proceso de codificación y decodificación en el que solo intervienen signos lingüísticos. La lengua en su dimensión comunicativa va más allá de su consideración como código en sentido estricto y de identificación de signos. La mente de los hablantes realiza un proceso de construcción del mensaje y de interpretación por parte del destinatario, en el que intervienen nociones como intención comunicativa, contexto verbal, género textual, conocimientos del mundo etc. El enfoque cognitivo hace hincapié en que los procesos mentales de los hablantes son constructivos. Tanto  la elaboración del mensaje como su comprensión no son una traducción pasiva e inflexible de un código sino un proceso activo y estratégico en el que la mente realiza continuos procesos de inferencia para la elaboración del significado. Reiteramos, una vez más, la dependencia de esos procesos del contexto (Kintsch, Van Dijk 1983).

La concepción de signo lingüístico (significante / significado) del sistema lingüístico se utiliza para el análisis del uso. Dicho de otro modo, se considera que a cada significante le corresponde un significado en el uso, como por ejemplo ocurre en el código de la circulación: cada signo representa siempre la misma realidad, y esa misma realidad es representada siempre con el mismo signo. En este caso, la relación entre los signos y la realidad representada es biunívoca (equivalencia en ambos sentidos) y en esta comunicación es pertinente hablar de codificación y decodificación. Trasladado a la explicación que se da en las Recomendaciones significa que varones o mujeres sólo pueden ser nombrados por el género gramatical y que el género gramatical que los nombra siempre significa lo mismo, es decir se refiere a la misma realidad. Y, además, el tener una misma representación fonológica (significante), el género gramatical masculino, para dos valores, el marcado y el no marcado, produce ambigüedad.

En la lengua no hay un único elemento que represente la realidad ni al revés. Para representar la realidad hay un conjunto de signos que se relacionan entre sí de manera compleja. En el uso del lenguaje “no hay una correspondencia biunívoca entre una representación fonológica y su significado. Y, sin embargo, en contra de lo que pudiera esperarse, esto no constituye un obstáculo para la comunicación” (pág.19, 1993 Escandell).

En definitiva, si de lo que se trata es de saber quién es el referente de un discurso, si la mujer está oculta, si el varón acapara todo etc. Dicho de otro modo, si queremos analizar el sexismo en el uso de la lengua tendremos que situarnos en el plano comunicativo porque esta identificación género gramatical / sexo del referente se limita al ámbito de la palabra y al  hacer abstracción de lo discursivo, se omite la posibilidad de conocer qué significado adquiere un término en masculino en un discurso, de identificar el referente, lo que es necesario si de lo que se trata es de saber de quién se está hablando.

 

2.6. ¿Morfología o semántica?

El ver solo varones en términos en género gramatical masculino se hace extensivo a la morfología. Existe una confusión entre significado y morfología.

Muchos de los vocablos considerados de género gramatical masculino han sido conceptualizados como tales sin atender a criterios morfológicos y, por tanto, se afirma que hay una ausencia de palabras para designar a las mujeres. Se propone que hay que feminizarlos, añadiendo el correspondiente morfema flexivo. ¿Es cierto que la mayor parte de los nombres de profesión están en masculino? Ilustramos la respuesta con algunos ejemplos:

a) ‘Alcalde’ ‘Jefe’: Dos palabras cuyo significado han acaparado los varones por lo que se considera que el morfema de masculino es –e. Si así fuera ¿por qué el morfema del femenino tiene dos concreciones distintas, -esa y –a?

b) ‘Modista’ ‘Periodista’. Estos dos términos están formados cada uno sobre una base lexemática ‘mod(a)’ y period(o)’ a los que se añade el sufijo –ista. En este sufijo la –a no es ni morfema ni marca de género. Sin embargo, ‘modista’ dio lugar a ‘modisto’  mientras que, ‘periodista’ no ha flexionado a ‘periodisto’ ¿Por qué? El término modista estaba usado, mayoritariamente, para las mujeres, no había modistas varones. De este modo se le atribuyó un género gramatical inherente, que no tenía, y se pasa a considerar la –a morfema. 

Nos detenemos en una reflexión. Si uno de los principios del sistema lingüístico es la analogía, todos los supuestos masculinos acabados en –e deberían flexionar igual. Y se debería convertir todos los sufijos –ista en –isto cuando se usen en género gramatical masculino.

c) Cabe preguntarse, por ejemplo, dónde está el morfema flexivo de palabras cuyo étimo es un participio presente en latín: gerente, presidente, paciente, etc.; o dónde, el de otras como ídolo, miembro, testigo, poeta, fiscal, ególatra; o por qué palabras acabadas en ‘a’ como homicida, estratega, terapeuta, aeronauta, etc. no han dado lugar a ‘homicido’, ‘estratego’ etc.; ¿por qué no han planteado problemas morfológicos para usarlas referidas a varones?.

 

No se puede aplicar un criterio morfemático donde solo es posible una explicación fonemática: donde se cree ver un morfema hay un fonema porque no hay morfema sin morfo (González Calvo 1991), y porque según Roca (2005) el supuesto morfema es una desinencia ubicada en el margen derecho de la palabra. A lo que añade la NGLE (2010) “El género se manifiesta en ocasiones en algunas marcas formales explícitas, como las terminaciones de los sustantivos (…) Tales marcas han sido interpretadas como morfemas de género, es decir, segmentos a los que corresponde la información morfológica relativa al sexo”.

El morfema de género plantea problemas complejos tanto por su significante como por su significado. El estudio de estas relaciones requiere utilizar criterios fonológicos y semánticos. Esto quiere decir que no se puede hacer morfología sin fonología y semántica, como no se puede hacer sintaxis sin morfología, sin semántica, sin criterios textuales y sin pragmática (González Calvo 1991).

Los vocablos, aludidos, que se pretende feminizar carecen de género inherente, son comunes y su género gramatical lo determina la moción del artículo o la concordancia. Pero no siempre. En este titular de prensa ‘Dos inmigrantes sirias detenidas’ no es posible la concordancia sintáctica por lo que hay que acudir a la concordancia semántica y pragmática;  el género gramatical de los adjetivos ‘sirias’ y ‘detenidas’ es inferido de la situación en que se enuncia la frase, no depende ni del determinante ni del sustantivo que carecen de género gramatical implícito.

En resumen, los EGyR adjudican el género gramatical masculino y el consiguiente morfema a aquellos vocablos cuyo uso ha sido ocupado en su mayoría por los varones. Por otra parte, pretenden cambiar el significado modificando el significante sin atenerse a criterios morfológicos. Con estos cambios consiguen reforzar la ocultación del varón al aumentar la ambigüedad entre el valor específico y el genérico del género gramatical masculino.

 

A modo de conclusión

Tenemos que agradecer a los EGyR que hayan puesto de relieve que " el hecho lingüístico no es neutro, que refleja la relación de los sexos en la sociedad patriarcal y la posición de la mujer en dicha relación". Hipótesis de partida que compartimos. Que hayan difundido y señalado diversos fenómenos sexistas en el uso del lenguaje. Que los hayan denunciado y dado publicidad con el objetivo de hacer conscientes  a los hablantes.

Y tenemos que lamentar que las críticas que han recibido no hayan tenido siempre el rigor y la consideración que merecen. A veces con la crítica hay una actitud de desprecio que salpica al feminismo en general.

La crítica a las Guías y Recomendaciones que realizamos no lo es desde fuera del feminismo ni desde la negación de la existencia del sexismo lingüístico. Lo que realizamos es un análisis del uso sexista que los hablantes hacen de la lengua en una sociedad todavía patriarcal.

Pero tampoco lo hacemos desde fuera de la lengua. Las Ciencias del lenguaje, desde la gramática oracional hasta los enfoques sociales y cognitivos del análisis del discurso sin olvidar la pragmática constituyen la fundamentación de esta investigación.

 

Véase Bibliografía.

 
 
 
 
 
 
 

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